LECTIO DIVINA PARA EL 30 DE JUNIO DE 2013 PDF Imprimir E-mail

LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO
Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – 30 de Junio de 2013
Lucas 9, 51-62


Para un seguimiento radical

En el evangelio del domingo anterior fue presentado el horizonte dentro del cual Jesús realiza su misión como “Mesías” que lleva a cabo el proyecto salvífico “de Dios” (Lucas 9,20-22). Este panorama delineó la ruta dentro de la cual el discípulo realiza su proyecto de vida (9,23-24).

 

En el texto de hoy vemos cómo Jesús aborda su camino definitivo con una gran resolución interior. Con esta actitud comienza a subir hacia Jerusalén, donde recorrerá el último y decisivo trecho de su “éxodo” (9,31) que culminará en su ascensión al cielo.

El evangelio nos pone hoy de frente a la hora de las coyunturas decisivas.


(1) Para Jesús es el tiempo del “cumplimiento” según el proyecto mesiánico fijado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener. Ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para “mirar atrás”.
(2) Para el discípulo es el tiempo de evaluar previamente el “costo” del ser discípulo, analizando las implicaciones de la opción y decidiendo libre y conscientemente entrar en el camino del Maestro sin ponerle condiciones.

Lo que vale para el Maestro también vale para el discípulo: el camino del discipulado requiere decisiones así de fuertes. El seguimiento del Maestro en la ruta hacia Jerusalén lleva la impronta de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

Abordemos este texto en sus tres partes:

(1) La decisión de Jesús (9,51)
(2) El fracaso en Samaría (9,52-56)
(3) La exigencia de un seguimiento incondicional (9,57-62). Esta tercera parte tiene a su vez tres pequeños episodios vocacionales.

1. La hora de la decisión de Jesús: comienza el camino de subida hacia Jerusalén (9,51)

Jesús sabe cerrar y abrir etapas en su vida. Así lo vemos cuando termina su ministerio en la amplitud montañosa, marítima y siempre verde de Galilea (Lucas 5,1-9-50). Entonces se abre una nueva página con estas palabras: “Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (9,51).

Veamos tres elementos claves insertos en esta frase lucana: (1) la realización del plan de Dios; (2) el interés por Jerusalén; (3) la toma de la decisión.

1.1. La realización del plan de Dios

El indicador de este giro decisivo en el ministerio de Jesús es el “cumplimiento de los días de su asunción”.  Observemos que:
(1) No se trata de una decisión tomada a la ligera. Ya dos veces había anunciado la segunda parte de su programa misionero en los así llamados “anuncios de la pasión” (ver 9,22 y 9,44-45).
(2) La referencia que Jesús tiene es el tiempo establecido por el Padre. Pues bien este tiempo va llegando a su fin. Jesús quiere cumplir su cita puntualmente.

1.2. La mirada puesta en la meta: ¡Jerusalén, Jerusalén!

La mirada está puesta en Jerusalén: “se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. Jesús sabe lo que le espera: “no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (13,33).  De aquí en adelante Jerusalén permanecerá en la mira de los movimientos de Jesús.

1.3. La toma de decisión

Lucas nos presenta la toma de decisión de Jesús con una frase que a primera vista parece enigmática, pero que en realidad es bella y de una gran profundidad: “Se afirmó en su voluntad de…”.

Ante el fatídico destino Jesús toma una decisión radical: rompe con Galilea y se dirige en la dirección de Jerusalén. La iniciativa es de Él: Jesús escoge el camino del Padre. Para nosotros ya es mucho si aceptamos el destino que se acerca y no podemos evitar. Jesús, en cambio, avanza decidido hacia su destino. Es así como la frase “se afirmó en su voluntad de…”, que literalmente en griego suena “endureció el rostro”, describe el impulso de una fuerte decisión.

Algunas imágenes de fondo, en el Antiguo Testamento, nos permiten comprender la trascendencia del gesto de Jesús. Esta expresión de “fuerte decisión” la vemos en la valentía del Rey de Aram cuando avanza contra la ciudad santa para la guerra: “y se volvió para subir contra Jerusalén” (2 Reyes 12,18). Lo mismo se dice también del “Siervo Sufriente de Yahvé, profetizado por Isaías, pero esta vez en la actitud terca y defensiva de quien no cede a pesar de la adversidad: “Puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado” (50,7). Los dos aspectos contenidos en las citas anteriores parecen estar presentes en la frase redactada por Lucas y aplicada a Jesús: “endureció el rostro”.

Jesús con una gran fortaleza enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones firmes. Lo que Jesús va a hacer es el preludio de su muerte, que será para nosotros el preludio de la vida.

Esto mismo le va a pedir hacer enseguida a sus seguidores.

2. El camino comienza mal: en Samaría no lo reciben (9,52-56)

Para llegar a Jerusalén, bajando desde la norteña Galilea, el camino más directo pasaba por Samaría.  Pero la mayor parte de los judíos evitaban esta ruta. Había una enemistad de siglos entre judíos y samaritanos (ver Juan 4,9).

De hecho, por razones de intolerancia religiosa y por motivos nacionalistas, los samaritanos hacían de todo para fastidiar a los viajeros, incluso le hacían daño a los grupos de peregrinos que cruzaban su territorio en caravanas.

2.1. La hospitalidad negada

Jesús se arriesga por esta ruta. No lo hace solamente como una persona que va “de paso”, la expresión “envió mensajeros delante de sí” (9,52) indica que tiene intenciones misioneras (como se verá después en los Hechos de los Apóstoles aquí nacerán comunidades cristianas: 1,8; 8,4-8).

Esta opción de Jesús, la más peligrosa, deja entrever su misericordia: Jesús le está ofreciendo una mano amiga a un pueblo enemigo.

Pero se le niega la hospitalidad a la misión y a la amistad de Jesús: “Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén” (9,53).

2.2. La ira de los mensajeros

Así como en el primer día de su misión en Galilea (ver Lucas 4,16-30), también esta vez se le cierran las puertas al Maestro, el rechazo anunciado ha comenzado.

Los discípulos Santiago y Juan, conocidos como “hijos del trueno” por la impetuosidad de su temperamento (Marcos 3,17), le hacen honor a su apodo y reaccionan violentamente, no comprenden la negativa de los samaritanos y reaccionan airados: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” (9,54).

Piden arrasar con fuego esa ciudad, lo cual es un gesto de maldición. ¿Será esta la manera de manejar un fracaso?

La actitud nos recuerda lo que hizo el profeta Elías cuando el malvado rey Ocozías mandó llamarlo: “Que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta hombres” (2 Reyes 1,10ss). En ese momento fue una estrategia de defensa.

2.3. La lección de Jesús

Pero Jesús no le permite a los discípulos que lleven a cabo sus propósitos y por segunda vez los reprende por su intolerancia y por su violencia: “Pero volviéndose, les reprendió” (9,55; ver la primera vez en 9,49-50). Es verdad que Jesús pide ser acogido, pero también es verdad que deja a los hombres en libertad para acogerlo y no trata de forzar a nadie para que crea en él. La mala decisión de los samaritanos no pude castigarse con medidas drásticas.

Aquí vemos una consecuencia de la decisión por el camino de la Cruz por parte de Jesús: el rechazo que experimenta a lo largo del camino no lo amarga, por el contrario sigue adelante con la frente alta: “Y se fueron a otro pueblo” (9,56; así ya lo había hecho en 4,30 y así procederán posteriormente los misioneros itinerantes en los rechazos que les propinan en las diversas ciudades en los Hechos de los Apóstoles).

Así, desde el primer paso en la subida a Jerusalén, comienza la pasión. Jesús sabe afrontar la violencia que se le viene en contra y no devuelve con la misma moneda; el no someterlos inmediatamente a la justicia de Dios ya es un signo de misericordia y el buen resultado de esta decisión se verá venir más adelante (en la evangelización de Samaría en los Hechos de los Apóstoles).

Desde el principio el discípulo aprende que “tomar la Cruz todos los días” es saber pasar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien es capaz de afrontar con altura y pro-activamente los rechazos –con amor al adversario (ver 6,27)-. El que es libre de corazón sabrá respetar también las decisiones libres de los otros.

3. El seguimiento incondicional (9,57-62)

El reproche dado a los discípulos agresivos, da paso a nuevas lecciones sobre el discipulado. Sobre el camino, en el cual va decididamente al encuentro de su destino en Jerusalén, Jesús establece criterios para aquellos que lo acompañan, profundizando en lo que significa renunciar a sí mismo, tomar la cruz cada día y seguirlo (ver 9,23).

Tenemos tres candidatos al discipulado y a la vida misionera. El primer (9,57) y el tercer candidato (9,61) se presentan espontáneamente a Jesús. El segundo es llamado directamente: “Sígueme” (9,59). No sabemos exactamente qué motivos han tenido para aproximarse en este momento a Jesús, pero es evidente que están fascinados con el Maestro y desean quedarse con Él.

En la enseñanza que sigue se hacer ver que los impedimentos para llevar a cabo el ejercicio del discipulado y de la evangelización no provienen solamente de fuera. Las tres situaciones difíciles que aquí se exponen, muestran otro tipo de obstáculos que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos.

Desde el punto de vista positivo, las dificultades presentadas sirven para delinear, a partir de la gran prioridad ya establecida -el don de la vida en la Cruz-, las condiciones para seguir a Jesús. Estas son:

(1) Abandonar todo.
(2) Privilegiar la evangelización.
(3) Mirar siempre hacia delante.

En otras palabras: el olvido del pasado, la pasión del presente y la esperanza en el porvenir.

De esta manera, con la narración de estos pequeños episodios, Lucas estimula a quienes están a punto de optar por Jesús (ver 9,23) para que disciernan los motivos del seguimiento y sus implicaciones. Si bien el discipulado es una gracia que proviene de la vocación, no se puede seguir a Jesús de cualquier manera.

3.1. Seguir a Jesús implica estar dispuesto a compartir su pobreza (9,57-58)

El primer candidato le expresa a Jesús su incondicionada disponibilidad: “Te seguiré adondequiera que vayas” (9,57).

En la escena anterior ya se había visto que Jesús no tiene un hospedaje seguro. Ahora Jesús propone esa escena como estilo de vida.

¿Qué es lo que el discípulo entusiasta va a encontrar donde Jesús? Él dice: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (9,58). Desde el establo de Belén (2,7), Jesús no tiene morada.  Su vida es errante, precaria, sin hogar ni lugar. Andar con Jesús supone estar dispuesto salir de la comodidad de una vida instalada para afrontar imprevistos y pobreza.

De esta manera es libre para seguir su camino y para alcanzar su destino.  Su mirada está puesta en la meta y es libre de todo lo demás. Todo el resto es secundario; todo el resto lo acepta así como llega. Como se acaba de ver en Samaría, Jesús depende de la acogida que se le ofrezca.

La mención del “Hijo del hombre” nos remite también al despojo absoluto de la Cruz. La desnudez de la Cruz es el camino que Jesús le propone a sus discípulos fuertemente deseosos de seguirlo por los caminos del seguimiento y la evangelización. La misma renuncia, la misma libertad y el mismo compromiso le pide a quien quiera seguirlo.

3.2. Seguir a Jesús implica salir del ámbito de la muerte para entrar en el de la vida según el Reino (9,59-60)

El candidato siguiente, llamado por iniciativa de Jesús (no se trata de un deseo sino de una invitación, casi de una orden de Jesús: “Sígueme”, 9,59), le pone una condición a Jesús: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre” (9,59). Se antepone un “primero” al seguimiento. La meta de Jesús no es en este momento la prioridad.

En la frase del candidato no es claro si se trata de esperar hasta la muerte de su padre o si éste ya murió y quiere ir asistir a las exequias.

La respuesta de Jesús coloca una prioridad: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (9,60). La evangelización debe ser privilegiada. Jesús no acepta que se aplace la misión y requiere para ello una obediencia comparable a la de Abraham a quien se le dijo: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12,1).

El vocacionado había hecho una solicitud en nombre de la piedad filial -tema del cuarto mandamiento de la Ley de Dios-.  Sepultar al padre, cabeza de la familia, era un deber muy estricto que ningún hijo -sobre todo el mayor de la casa- podía dejar de hacer. Pero los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior.

El amor por el Señor está por encima al amor por la familia (ver 14,26).  Este criterio propuesto por Jesús es una característica de la novedad del Reino. De hecho, cuando fue llamado, Elías le dio permiso a Eliseo para despedirse de su padre y de su madre antes de partir (1ª Reyes 19,19-21). En los nuevos tiempos esto ya no se permite.

Algo ya intuía el Sirácida, quien recomendó no llorar a un muerto sino un día, máximo dos, porque la tristeza “a él no le aprovechará, y te harás daño a ti mismo” (Eclesiástico 38,21).

¿Por qué no hay dilación? El Reino que anuncia Jesús es de vivos: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (9,60). Mirando la otra cara de la moneda, esto quiere decir que los que no escuchan a Jesús y no lo siguen están espiritualmente “muertos”. En consecuencia, Jesús está invitando a reconocer en el discipulado la plenitud de la vida, a la cual están también invitados todos los que no han dado el paso. Cuando se entra en el Reino, en el ámbito de la vida (“¿Por qué buscáis entre los muertos al viviente?”, 24,5), ya no se debe dar marcha atrás.

Por lo tanto Jesús no está recomendando un desentendimiento de la familia sino justamente todo lo contrario. Lo fundamental es esto: el anuncio del Reino tiene una importancia absolutamente superior a los deberes humanos más preciados y si ése es el deber mayor, todo habrá que reconducirlo hacia él. El seguimiento del Reino y su proclamación exige que estemos dedicados completamente a él.

3.3. Seguir a Jesús implica un adiós verdadero al pasado y echar siempre para adelante (9,61-62)

Llega el tercer candidato poniendo también una condición: “Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa” (9,61). El “pero” se deja sentir.

En aquella época muchas veces todos los miembros de la familia vivían en la misma casa (abuelos, papás, tíos, niños, etc.). Todavía hoy ocurre con frecuencia en el Oriente.  El ambiente que se describe aquí entonces pone a la luz un peligro: la despedida, por sencilla que sea, llevaba su tiempo e incluso podía enfriar, o peor todavía, llevar a cambiar la decisión.

En su respuesta, parece que Jesús echa mano de una imagen gráfica proveniente de la sabiduría popular campesina y popularizada en el ámbito intelectual por el sabio conocido como Plinio “el Viejo” (23 aC): cuando se ara el campo no se puede hacer un surco recto y profundo si el arriero se pone a mirar para atrás. Recordemos que en la mayor parte de los casos –de las familias pudientes- esta antiquísima herramienta de agricultura era tirada por bueyes. Un trabajador debía poner constantemente su mirada sobre el surco que se iba haciendo, sólo así el campo estaría preparado para recibir la semilla y hacer una buena cosecha.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que trae la absoluta novedad del Reino: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (9,62).

Con sus palabras “duras”, Jesús no pretende legitimar una falta de amor con la familia. Pero subraya que el seguimiento requiere un corte claro; que las relaciones vividas hasta ahora no pueden continuar de la misma manera. Todo paso adelante en la vida supone asumir las dolorosas renuncias que la opción implica. Jesús da ejemplo de esto cuando rompe con su amada Galilea (ver 9,51).

Esto vale para el anuncio del evangelio. Jesús se entregó completamente –firme y decididamente- a la misión, y le pide lo mismo a sus discípulos: deben trabajar el suelo humano y consagrar a este trabajo todos sus esfuerzos. Aquel que se deja distraer en esta función, no tiene las cualidades para ejecutarlo.

Esto se aplica también a todos los ámbitos de la vida del discípulo. Jesús no acepta decisiones tibias: caminar en el seguimiento exige una ruptura, un cambio de valores, el olvido de experiencias morales adquiridas.

4. En conclusión: inspirados en Jesús, tomar bien las decisiones

Es común oír decir que este es un evangelio “difícil”. Curiosamente, es el evangelista de la ternura y de la misericordia quien nos cuenta esta página, con un tono particularmente riguroso pero no rígido.

Toda la enseñanza gira en torno la exigencia evangélica: quien quiera seguir a Jesús, debe decidirse totalmente por él y comprometerse.  La hora de las decisiones es la hora de la verdad. El discipulado no admite tibieza espiritual, es tiempo de rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

El pasaje de hoy nos enseña a dar todos los pasos correctos en la toma de decisión fundamental por Jesús. En la historia de cada uno, tamaña decisión, representa un momento clave que no se define necesariamente en términos de acontecimientos presentes o futuros, sino en términos de gracia que hay que saber aprovechar cuando pasa, asumiendo los dolores de las rupturas.

A propósito de los últimos tres personajes, el evangelio nos deja sin saber si después de las palabras de Jesús realmente lo siguieron o no.  Lo que sí sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. De cada uno de nosotros se espera ahora la respuesta.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Cuáles son las exigencias que Jesús nos plantea para poderlo seguir incondicionalmente? ¿Cómo reaccionó Jesús ante el rechazo de los samaritanos?

2. En algunas ocasiones también yo, como Jesús, me siento rechazado en mis opiniones o actitudes. ¿Cuál es mi reacción espontánea? ¿Me cierro en un silencio amenazante y vengativo? ¿Reacciono con violencia? ¿Actúo con la misericordia de Jesús que "ofreció su mano amiga a un pueblo enemigo"?

3. Como familia, como grupo, como comunidad estamos llamados a seguir a Jesús. ¿En qué forma nos estamos ayudando y animando mutuamente en este camino? ¿Me siento responsable de la respuesta que mi hermano(a) está dando diariamente a Jesús o pienso que es mejor no meterse en la vida de nadie?

4. Jesús nos pide abandonarlo todo para seguirlo a Él. En este momento de mi vida ¿qué es lo que siento con más fuerza que debo dejar para seguirlo? ¿Por qué me cuesta tanto ese desprendimiento? ¿Qué pasos concretos daré al respecto?

5. Jesús está esperando una respuesta a su invitación "sígueme" ¿Poseo la suficiente valentía para optar radicalmente por Él? ¿Qué circunstancias o personas me ayudan a hacer realidad esta opción y cuáles son para mí un obstáculo?

“En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido”
(San Juan de la Cruz)


P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

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