Sábado, diciembre 10, 2016

BAJO EL MANTO PROTECTOR DE MARÍA

BAJO EL MANTO PROTECTOR DE MARÍA

BAJO EL MANTO PROTECTOR DE MARÍA

La Iglesia se complace en dirigir a la Virgen Santísima esta hermosa deprecación: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios": Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix, Invócale también con el hermoso título de Refugio de los pecadores: Refugium peccatorum: ora pro nobis, Ahora bien, pocas personas habrán probado tanto como el que escribe estas líneas, la realidad de estas hermosas invocaciones. Sí, cierta­mente, me complazco grandemente en confesarlo: María Santísima ha sido mi más seguro refugio, en todas las circunstancias de la vida; cuantas veces me he acogido a su poderoso amparo otras tantas he sido admirablemen­te socorrido por esta dulcísima Madre.

Desde los principios de mi sacerdocio clavóse en mi alma esta representación: parecíame que era yo, en el orden de la gracia, un niño muy pequeñito y como tal me acercaba confiadamente a mi dulce Madre, la Virgen Santísima, y, luego, me cubría con las extremidades de su manto. Complacíame en morar en ese amable re­fugio, a cubierto de las asechanzas del diablo y de las persecuciones del mundo. Allí encontraba mi paraíso y el lugar de mi reposo.

Cuantas veces acudo a ponerme y cobijarme bajo el manto de María, torno a encontrar las mismas gracias y delicias. Paréceme que por irritado que estuviera Dios conmigo, por causa de mis pecados y miserias, al poner­me bajo el manto de la Virgen Santísima, nada pueden ya contra mí todos los dardos de la justicia divina, por­ que, contra todos ellos, es escudo poderosísimo el man­to protector de mi Madre Santísima. Dedisti metuenti­bus te significationem: ut fugiant a facie arcus: ut {ibe­rentur di/ecti tui (Ps, 59, V, 5).

Otra consolación dulcísima que he experimentado, al ponerme bajo el manto de la Virgen Santísima, es la que me viene de considerar que hallándome bajo tan seguro amparo tengo forzosamente que salvarme, Pues así como los príncipes y ministros diplomáticos llevan seguramente consigo y logran introducir al país que van, hasta objetos de contrabando y tráfico prohibido, de modo semejante, ya que no por mis méritos que no los ten­go, yo entraré en el cielo, como de contrabando, prote­gido bajo el manto real de la Virgen Santísima. ¿Ni quién podrá arrebatarme de sus manos soberanas? Rebeca a­trajo sobre Jacob las bendiciones de Isaac, siendo así que estas bendiciones no le correspondían a él sino a Esaú, su hermano primogénito; pues también María, más amante e industriosa que Rebeca, atraerá sobre mí las bendiciones que pertenecen a Jesucristo, nuestro hermano primogénito, cubriéndome para ello con las san­grientas pieles del Cordero inmaculado y amparándome bajo su manto de Reina y Madre nuestra dulcísima. ¡Cuán gustoso me es, por esto, repetir en todas mis tri­bulaciones con la más segura confianza: Sub tuum prae­sidium confugimus, Sancta Dei Genitrix!

Otra ocasión tuve, por algunos días, esta hermosa y dulcísima representación. Parecíame que la Santísi­ma Virgen, como a un niño pequeñito, me tomaba de la mano y me cubría con su manto; y yo, a mi vez, me esforzaba por asirme fuertemente de la diestra de mi Ma­dre dulcísima, la estrechaba entre mis manos y la cubría de besos, ¡Qué consuelo experimentaba al considerar que esa diestra soberana que yo tenía ahora por mía, es la que empuña el cetro del universo, la que dispone, por decirlo así, de las gracias de Jesús nuestro Salvador di­vino y la que firma la sentencia de eterna predestina­ción, en favor de sus devotos, sentencia que el divino Juez no deja jamás de confirmar su irrevocable fallo. Tal dulzura, suavidad y encanto produjo en mí esta con­sideración que por varios días anduve como embebeci­do en ella y saboreando su exquisita dulzura. Si María nos guarda entre sus manos poderosas y santísimas, sí tiene nuestra alma custodiada en ellas, ¿quién nos po­drá hacer ningún daño jamás? o Justorum animae in manu Dei sunt  y, por consiguiente, también: in manu Mariae sunt.

P. Julio Matovelle