Domingo, diciembre 04, 2016

AMOR A MARÍA

MI ANHELO POR SERVIR Y AMAR A LA VIRGEN SANTÍSIMA

Virgen María

Todas las prácticas piadosas y otras más que pudiera enumerar, no satisfacían los anhelos de mi corazón, al contrario, sentía un vacío que nada era ca­paz de llenar.

 

Deseaba amar después de Dios a la San­tísima Virgen con todas las fuerzas de mi alma, pero co­nocía que no había en mí este amor ferviente y anhela­do y esto me llenaba de pena y sinsabor. Mi único re­curso entonces era la oración: pedía y clamaba a Dios Nuestro Señor que se dignase concederme una grande y ferviente devoción a la Virgen Santísima; y a esta mis­ma dulcísima Señora la pedía también que interpusiese su mediación poderosa para alcanzarme esta gracia.

Con el mismo fin acudía a la intercesión de los san­tos, así de los que peregrinaban todavía en la tierra, co­mo de los que reinan ya en el cielo. Y como, por enton­ces, era célebre y famosa en todo el mundo católico la santidad extraordinaria y heroica del Papa Pío IX, a quien he profesado yo toda la vida especial culto y amor, me dirigí, pues, en espíritu al Santo Padre, mientras vivía aún en el mundo, y le pedí tres gracias: 1ª que me al­cance del cielo una tierna y fervorosa devoción a la Virgen Santísima; 2ª la gracia de no apartarme jamás de la profesión de los principios católicos en ninguna materia, pero muy especialmente en ciencias políticas; y 3ª que antes que el Santo Padre muriera me otorgase la gracia de poder visitarle personalmente en Roma. Conocí pal­pablemente, pudiera decir, que Pío IX escuchó mi súpli­ca, porque me alcanzó las dos primeras gracias; pero desgraciadamente no pudo yo hacer el viaje tan deseado a Roma y así murió el Papa de la Inmaculada antes de que pudiera conocerle. Quejaba me en cierta ocasión de que aquel Siervo de Dios no me hubiese alcanzado esta gra­cia, cuando, poco después, una noche tuve este sueño: me pareció que de repente me encontraba yo en Roma y era admitido a la audiencia del Papa; entré en una mo­desta pieza, adornada con un sencillo pupitre y he aquí que sale a mi encuentro la Santidad de Pío IX, vestido con su sotana blanca, radiante de gloria y benignidad. La aparición no duró sino un instante, porque así como el Santo Padre me recibió con aquella inexplicable dul­zura, al momento me señaló con la mano algo que debía llamar mi atención al frente; volví la cabeza para mirar qué era aquello, y vi pintada en la pared de enfrente una barca y este letrero al pie: Barca de los Hijos del Zebe­deo, y desapareció la visión, pues me desperté inmedia­tamente. Pero aquella manifestación de Pío IX no fue un sueño, porque fue tan espléndida y hermosa que la recuerdo aún hoy con tanta claridad, como si en este momento la viera, siendo así que han pasado ya tantos años.

Como para comprobar que la visión antedicha no era meramente un sueño, referiré el siguiente milagro que, por aquel mismo tiempo, obtuve de la protección de la Santísima Virgen, por la mediación de Pío IX. Mi infan­cia discurrió no solamente en la pobreza y la orfandad, sino en medio de acerbos dolores. Siendo niño como de nueve años, padecía de una horrible apostema que se formó en el muslo izquierdo, me hizo padecer muchísi­mo y me tuvo postrado en cama cerca de un mes. Antes, siendo nada más que de cuatro años padecí de una di­sentería muy tenaz que me tuvo a las puertas de la muerte, por un año poco más o menos. Siendo de diez años me enfermé, sucesivamente, del sarampión y unas vi­ruelas muy malignas: que fue gracia de Dios no muriera. A consecuencia de todas estas enfermedades, probable­mente, llegué a contraer unas neuralgias dolorosísimas que me atacaban ya a la cabeza, ya al oído derecho, con tal vehemencia, que necesitaba de un gran auxilio del cielo para no estrellarme contra una piedra: tal era el, tormento que sufría. Así continué padeciendo de este dolor vehementísimo de oído, hasta que murió Pío IX. Entonces, procuré conseguirme una reliquia de este gran Siervo de Dios y la obtuve, efectivamente: era una firma de aquel gran Pontífice, en un pequeño pedazo de papel, recortado de una carta latina. Cierta ocasión que me vi acosado de aquella terrible dolencia, por la noche, no tuve otro recurso que clamar a la Santísima Virgen, pidiéndole que por los méritos de su Siervo Pío IX, me al­canzase de Dios la salud. Tomé al intento unas gotas del agua milagrosa de Lourdes, que tenía conmigo, y las pu­se en el oído enfermo, recostándome del lado izquierdo en la cama, así vestido como estaba; era como media no­che; en seguida tomé la reliquia de Pío IX y la puse so­bre el mismo oído. Al instante se recrudeció el dolor de modo insoportable, por cuatro o cinco minutos; pero luego me dormí tan profundamente que no me desperté sino ya muy entrada la mañana del siguiente día; enton­ces advertí que habían caído del oído enfermo algunas gotitas de sangre en la almohada, con lo cual me había desaparecido el dolor y tan por completo que, desde a­quella fecha hasta hoy, no he vuelto a sentir más.

En estos días he vuelto a tener un sueño relativo a Pío IX que no sé si es un hecho sobrenatural. Me pare­cía hallarme afuera de una iglesia y que, dentro de ella, predicaba el Santo Pontífice; las únicas palabras que al­cancé a oír fueron: Christus regnat. Al instante se hizo sentir un gran golpe en mi pieza y desperté, pero repi­tiendo las misteriosas palabras: Christus regnat, y aña­diendo entre mí: Christus vincit, Christus imperat; y por lo mismo también: Maria regnat, Maria vincit, Maria imperat. ¿No es éste el año de la Inmaculada Concepción? ¡Oh, sí: reine Jesús y María en todo el mundo, pero más especialmente aún en mi alma que debe ser su reino singular, por cuanto les está especialmente consagrada! ¡Que el gran Siervo de Dios, Pío IX, me alcance esta nue­va gracia del cielo!

Fuente: www.oblatosdematovelle.com