Miércoles, diciembre 07, 2016

AL SACERDOCIO

Preparación al Sacerdocio

La Reina de los cielos que con poderosa mano me arrancó de los peligros del siglo, entre los que andaba muy incierto y casi perdido el negocio de mi salvación y me tornó a la práctica de la piedad y frecuencia de sacramentos, no limitó a esto sólo el torrente de sus misericordias, sino que pasó más adelante, hasta sublimarme a la dignidad sacerdotal, de la que siempre me he considerado totalmente indigno

Hacía algunos años que llevaba una vida retirada del mundo y consagrada al estudio y cumplimiento de mis deberes, animado de deseos de aspirar a la perfección y consagrarme por completo a la práctica de la virtud. Consideraba que para ello me era de absoluta necesidad elegir un estado de vida: ¿cuál sería este? A veces se me presentaba el claustro como el único puerto de salvación; y esas veces no eran raras sino muy repetidas y frecuentes. Dos órdenes religiosas se atraían to­das mis simpatías, las de los Descalzos Franciscanos y la de los Carmelitas; pero mi constitución enfermiza y mi escasa salud me vedaban la entrada en estas órde­nes religiosas, tan mortificadas y austeras. Algunas veces fui invitado a ingresar donde los Dominicanos y los Redentoristas y hasta donde los Jesuitas, pero no sentía atractivo ninguno a estas Ordenes, bien preciándolas y respetándolas en muy alto grado. Por otra parte, el estado de clérigo secular lo temblaba, como a estado muy peligroso, en razón de la santidad que exige de personas que viven en medio del siglo. Pues entonces, ¿qué hacer?

Por el espacio como de unos ocho años, pedía cons­tantemente a Dios Nuestro Señor que se dignase ilumi­narme acerca del estado de vida que debía adoptar. A mi modo de ver, o había de hacerme religioso en un claustro o permanecer seglar en el mundo; pero ni clérigo secular ni casado no debía ser jamás. Y sin embar­go, en los planes divinos estaba decretado que debía ser sacerdote secular, esto es precisamente el estado de vida que más temía y menos cuadraba a mis inclinacio­nes y proyectos. .. Non est in potestate hominis parare vias ejus. Las miras de Dios son muy distintas de las de los hombres. Para alcanzar esta tan anhelada gracia me valía de la protección poderosa de la Santísima Virgen, y de la intercesión de los santos de mi devoción, a quie­nes pedía constantemente que me alcanzasen de Dios Nuestro Señor la gracia de conocer mi vocación. La Beata Mariana de Jesús Paredes era la Santa a quien prin­cipalmente me encomendaba, después de la reina del cielo, para que me alcanzara la gracia de conocer mi vocación y seguirla fielmente. Pues bien, todas estas ora­ciones no quedaron frustradas, sino que a su tiempo Dios se dignó escucharlas favorablemente.

Por aquel tiempo, antes de que se descifrara el pro­blema de mi vocación, recibí varias gracias del cielo muy preciosas y que influyeron en gran manera en mi ingreso en el sacerdocio. Muchas verdades religiosas que hasta entonces había profesado con la fe sincera y hu­milde del último de los creyentes, se me pusieron tan claras, luminosas y manifiestas que mi alma estaba so­brecogida de asombro, como si nunca hubiera tenido an­tes ni noticia de aquellas verdades y, entonces, por primera vez llegase yo a tener conocimiento de ellas. La malicia del pecado, la terribilidad de los juicios de Dios, os dogmas del infierno y de la gloria eterna, brillaron súbitamente a los ojos de mi alma con luz tan intensa y maravillosa que no acertaba a pensar en otra cosa ni de día ni de noche y me admiraba cómo los hombres podrían ocuparse de otros asuntos que no fueran éstos.

Recuerdo, una ocasión, había hecho uno de aquellos paseos solitarios que eran entonces muy de mi gusto, pensando y meditando sobre el juicio final, especialmente sobre cuán terrible será la separación definitiva y eterna de los predestinados y los réprobos; al regresar del paseo me encontré con un grupo de sacerdotes amigos míos, entre los que estaba un Sr. Canónigo, y con tal vehemencia les hablé de estas verdades que luego to­dos se encaminaron a sus casas silenciosos y medita­bundos.

Pero, entre todos los misterios, el que más me con­movía a ternura y amor era el Santísimo Sacramento. Yo no sé cómo ni cuándo, el hecho es que sentí encenderse en mi corazón una devoción extraordinaria a este divino Misterio. Todo lo relativo a la Sagrada Eucaristía me cogía tan de nuevo, como si antes jamás hubie­se oído hablar de este dogma o nunca se hubiera caído en la cuenta de él. Especialmente la presencia real de Nuestro Señor, en el Sacramento, me tocaba en lo íntimo de mi alma y no acababa de admirarme cómo los hom­bres no se pasaban todos los días de rodillas al pie de los sagrados tabernáculos. Una noche estaba yo ado­rando al Santísimo Sacramento, en la Capilla del Semi­nario, cuando algunos profesores que habían conseguido por ahí un pequeño telescopio, lo acomodaron durante media hora, a las puertas de la Capilla y principiaron a observar los astros. Yo, mientras tanto, estaba estupe­facto de cómo tanto se complacían en mirar los astros y no recordaban de entrar en la Capilla para adorar al Hacedor divino de los Astros.

Una de las ocupaciones interiores de mi alma era, entonces, adorar en espíritu a nuestro divino Salvador Sacramentado, en las iglesias y principalmente de los campos. Mi jaculatoria habitual era este pasaje del Cantar de los Cantares: Veni, dilecte mi, egrediamur in agris, commoremur in villis. Poco después está oración produ­jo su efecto. ya que la Congregación de Sacerdotes Obla­tos tiene por fin acompañar al Salvador en los tabernácu­los desiertos de las aldeas y los campos .

Mi devoción habitual a la Santísima Virgen, en el misterio de sus Dolores, se avivó por entonces de modo extraordinario. Una de las prácticas piadosas que causó muchos provechos a mi alma, consistía en visitar todos los viernes, por la tarde, una roca que está a las afueras de esta ciudad, y que yo me imaginaba era el Calvario. Allí acompañaba mentalmente a la Santísima Virgen, en sus Dolores, y cual si esta dulcísima Reina dejase el Calvario para entrar en Jerusalén, me gozaba en acom­pañarla en su soledad, y me imaginaba entrar con ella en esta ciudad.

Estas y otras prácticas piadosas me servían muchísimo para mantener mi espíritu recogido y empapado en santa devoción. Me avergüenzo ahora de que siendo, sa­cerdote y estando obligado a la perfección, no tengo ni la décima parte de la piedad y el fervor de aquellos tiempos, que veo han sido los mejores de mi vida, o mejor dicho, aquel fue tiempo extraordinario de gracias para mi alma, pues con ellas quería el Señor prepararme para el sacerdocio, en los decretos inescrutables de su amable Providencia; pero estas gracias preciosas no han producido sino muy escaso fruto en mi alma, por falta de correspondencia de mi parte.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com