Sábado, diciembre 03, 2016

PARA EL FIN DE AÑO: DICIEMBRE 26 DE 2014.

Todos somos uno pero todos somos diferentes.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien para esta última semana del año y en la que le pido a Dios les colme de su paz y de sus dones para llenar de esperanza lo que queda del mes y lo que viene durante el año.

El domingo estaremos celebrando la fiesta de la Sagrada familia. Y nos encontraremos con un acontecimiento importante en la vida religiosa de los judíos: La presentación en el templo. La vida es considera como un don de Dios y los hijos son una expresión de la misericordia y cercanía de Dios que en cada uno se hace revelación de amor y de vida.

Cada hijo es una opción, una decisión, de pareja y un acto de responsabilidad de la misma. Es un don de Dios dado para la vida. Cada uno es un “pedacito” de divinidad, un aire de eternidad, un manantial de amor.

En Dios y desde Dios se puede comprender que cada uno, tiene o tenemos una misión y que es en el hogar donde va tomando forma. El hogar es el lugar por excelencia donde el amor, la bondad, el servicio, el respeto y el perdón se procesan como valores esenciales y fundamentales dentro del querer de Dios.
Presentar es ofrecer. Lo que adquirimos de Dios para nosotros es de Dios, por tanto un don para la humanidad. De ahí tanta responsabilidad la que se adquiere en el momento mismo de querer ser padres.

A Dios se le ofrece lo que le pertenece: la vida y se hace una ofrenda de vida. Y así como Dios dona al ser humano la vida, el ser humano le ofrece la vida misma a Dios simbolizada en el sacrificio.

En la familia estamos invitados a descubrir que cada uno es un don de Dios que completa la obra de salvación. En la Familia sabemos que todos venimos ofrecidos por Dios como expresión de amor de Él y de nuestros padres.

En la familia se crece, en la familia uno se fortalece y se llena de sabiduría. Por eso el ideal de la familia no debe perderse jamás. Es un lugar de protección, de crecimiento, de madurez. Es el principio del desarrollo de lo que estamos llamados a ser. Hasta Dios mismo se ha escogido una familia.

En estos días pensemos si realmente nuestra familia es ese espacio donde se disfruta del don de los demás como lo disfrutan quienes aman a nuestros seres queridos. Todos somos capaces, todos llevamos la semilla del bien, todos somos amor y los primeros que tendrían que gozarse de estos dones que somos y que tenemos deberían ser nuestros familiares.

La familia estructura y es la vez plataforma desde la que cada uno va entrando al mundo con todo lo que el mundo ofrece de bueno y de malo.

Atenta contra la estabilidad y la paz de la familia, la soberbia y el egoísmo con los que muchos familiares, hijos, padres, hermanos, madres… se quieren apropiar de la diferencia y pretenden unificar criterios a la fuerza y si las cosas no se dan entonces retiran el amor, la palabra o todo gesto de benevolencia.

Todos somos uno pero todos somos diferentes. Iguales no seríamos un don para el mundo que pide multiplicidad de dones. Cada uno está llamado a dar, a respetar y amar desde donde es. Pero cada uno está en la obligación de ser para los demás un regalo, una sonrisa. Un espacio de paz, de amor y de tolerancia. Quien esté dando desde su egoísmo, prepotencia; desde sus vicios y caprichos desde sus terquedades…. Debe entender que Dios le llama a una conversión a la familia, le llama a darse y a comenzar a ser lo que está llamado a ser desde su mismo ser divino.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.