Miércoles, diciembre 07, 2016

HOMILÍA PARA EL 30 DE NOVIEMBRE DE 2014

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL I DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO B.
Is 63, 16b-17.19b; 64,2b-7; Sal 79; 1Cor 1,3-9; Mc 13,33-37
.

Con este domingo el pueblo creyente empieza un Nuevo año litúgico, motivado por el inicio del tiempo de adviento, en el cual la ESPERANZA, resulta ser el estímulo principal en el corazón de los cristianos para vivir con gozo el misterio de la encarnación de Jesucristo.

Al comienzo del tiempo de adviento, hemos de escuchar con los oídos del corazón el anuncio de la nueva creación, el anuncio de una nueva humanidad: “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28); porque el Dios escondido, viene  a visitarnos en la persona de su Hijo amado Jesucristo.

En el contexto del adviento, ser hombres y mujeres de esperanza, significa amar la libertad por encima de todas las cadenas que nos convierten en esclavos del pasado doloroso o del presente sin salida por las preocupaciones de esta vida;  a la espera del Mesías, no podemos convertirnos en  seres subyugados por el pasado y por ende hechos de sal como la mujer de Lot, ni tampoco podemos refugiarnos en el presente temeroso; por el contrario, nuestro corazón iluminado por el fuego nuevo de la esperanza, ha de estar expectante y vigilante por la llegada de Jesucristo a nuestra vida, pues sólo Él hace posible que nuestra existencia rompa las fronteras de lo eminentemente terrenal para ponernos en camino hacia la eternidad gozosa de su presencia.

En el marco del tiempo de Adviento, en la primera lectura tomada del profeta Isaías, encontramos en el Capítulo 64 una bella expresión que nos recuerda de qué estamos hechos, no de cobardía sino de fortaleza, no de miedo sino de arrojo, no de desilusión sino de esperanza; pues “Dios es nuestro padre, nosotros la arcilla y Él el alfarero, en síntesis somos obra de su mano”; lo anterior nos permite afirmar con certeza, que siendo hijos de la esperanza y no del temor, hemos de aguardar gustosos la venida del Señor con un corazón bien dispuesto, que anhela convertirse en el pesebre viviente donde nacerá el Salvador.

El pesebre del Salvador es la humanidad entera, en ocasiones sumergida en un mar de violencia y sin embargo allí nace la paz que es Jesús; enlodada por la cultura de la muerte y sin embargo allí nace la vida; subyugado por el poder de las armas y no obstante esto, allí nace la libertad. Hermanos y hermanas, en nuestro ser está plasmada la huella de Dios y reconocer esto, nos debe llevar a comprender que hemos de poner nuestro mayor y mejor esfuerzo en ser para este adviento y la próxima navidad, instrumentos de paz y de reconciliación, pregoneros de alegría y felicidad, y desde luego mensajeros del recién nacido en medio de un  mundo no creyente.

Por su parte San Pablo en la segunda lectura, nos muestra al igual que a la comunidad de los Corintios, que no carecemos de don alguno para esperar con ansia la manifestación gloriosa del Hijo de Dios, nos revela los inmensos beneficios de los cuales hemos sido destinatarios y por su puesto nos invita a reconocer que el principal don que Dios le ha concedido a la humanidad es Jesucristo su Hijo amado, a quien muchos hemos rechazado ciegamente; desconociendo que gracias a ÉL somos, nos movemos y existimos. Desde esta perspectiva paulina, nuestra vida adornada de múltiples beneficios y de innumerables bendiciones, debería gritar con alegría al cielo; gracias Señor porque soy una obra tuya y en este mismo sentido, bendito el que viene en el nombre del Señor.

Finalmente San Marcos  nos recuerda que somos hombres en camino y que nuestra actitud vigilante debe ser enorme aguardando la venida del Señor; no nos puede encontrar dormidos por nuestra endeble fe y por nuestra débil esperanza; por el contrario, hemos de permanecer despiertos porque su presencia siempre alegrará nuestro vivir.

En conclusión, al término del Tiempo Ordinario, el creyente ha de insertarse en la vivencia del ADVIENTO, ambiente en el cual, el corazón de cada hombre y mujer transitando por la vía de la transformación interior y de la conversión, anhela con ESPERANZA, la llegada gozosa del Mesías: Jesucristo el Señor.

Alegres, porque tenemos la  oportunidad de reorientar nuestros pasos hacia Dios, aguardemos en compañía de Santa María de la Esperanza, el misterio de la encarnación de su Hijo Jesucristo.

Con el siguiente himno a la Virgen María, nos acogemos a su protección maternal a la espera del Salvador.

Santa María de la esperanza
De la esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera,
Mantén el ritmo de nuestra espera.

Nos diste al enviado de los tiempos,
Mil veces anunciado en los profetas
Y nosotros de nuevo deseamos
Que vuelva a repetirnos sus promesas
 
Brillaste como aurora del gran día,
Plantaba Dios su tienda en nuestro suelo.
Y nosotros soñamos con su vuelta,
Queremos la llegada de su reino.

Viviste con la cruz de la esperanza
Tensando en el amor la larga espera.
Y nosotros buscamos con los hombres
El nuevo amanecer de nuestra tierra.

Esperaste cuando todos vacilaban
El triunfo de Jesús sobre la muerte,
Y nosotros esperamos que su vida,
Anime nuestro mundo para siempre.

P. Ernesto León D. o.cc.ss