Domingo, diciembre 04, 2016

HOMILÍA PARA EL 28 DE SEPTIEMBRE DE 2014

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.
Ezequiel 18,25-28; Sal 24; Fil 2,1-11; Mt 21,28-32

Encontramos en el Evangelio de este domingo la figura de un padre con sus dos hijos, cuya imagen nos ayuda a comprender el “contraste entre la rebeldía de la palabra y la sumisión final”[1]

La obediencia significa: el que escucha (ob audire), pero este término situado en el ámbito bíblico habla de la necesidad de escuchar a Dios como un acto por parte del hombre donde se involucra la voluntad y la conciencia.

En el caso de la primera lectura tomada de la profecía de Ezequiel, Dios invita al malvado a convertirse de su maldad, al injusto a cambiar de proceder; los invita a recapacitar a los dos y el medio que utiliza es su Palabra, lo hace a través de su voz; lo cual requiere por parte del malvado y del injusto escuchar la voz de Dios como sinónimo de obediencia y una obediencia desde el corazón, que implica tomar una decisión radical de transformación nacida en la conciencia y animada por la voluntad; tal fue la experiencia del pueblo de Israel, una historia de desobediencia, en la cual lo único que existía era ausencia de Dios y por lo tanto injusticia, idolatría y maldad; y cuando el pueblo fue descubriendo a Dios como su Padre, aprendió a escuchar su voz, es decir aprendió a obedecerle y por lo tanto a hacer su divina voluntad en medio de la debilidad en el desierto y del anhelo por mirar hacia atrás.

Cuando el pueblo descubrió que escuchar a Dios era sinónimo de obediencia, cantaba con las palabras del salmo 24: “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad, no te acuerdes de mis pecados, haz caminar a los humildes con rectitud”, este cántico es la manifestación clara del corazón que ha aprendido a obedecer a Dios, a escuchar a Dios, a poner su voluntad en las manos de Dios, animado por la gran promesa plasmada en el versículo 28 del Capítulo 18 de Ezequiel: “Quien recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.

Por este mismo camino, en el capítulo 2 de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses, encontramos tratada la obediencia como la vivencia del valor de la unidad y del amor, actitudes propias de quien escucha y obedece a Dios; lejos de quienes desobedeciéndolo obran por rivalidad, ostentación, defendiendo su propio interés, sin mostrar los sentimientos de Cristo; tal es la forma como San Pablo se refiere a la obediencia, enalteciendo en este himno el ejemplo de Jesucristo, quien siendo Dios se hizo hombre, y quien por la senda de la obediencia a su Padre, dio su vida por el mundo en el árbol de la cruz.

Para San Pablo obedecer es consolar el corazón de Cristo; es tener el espíritu de Él para aliviar los corazones destrozados, es tener entrañas compasivas con los más necesitados; es proyectar la alegría de aquél que viviendo en sintonía con Cristo, muestra su rostro a los demás.

Con lo anteriormente mencionado, aproximémonos al evangelio de hoy, en el cual la protagonista es la desobediencia de los hijos al mandato de su padre; el primero desconoció la orden de su padre, desconoció las palabras y la voz de su padre; y luego terminó cumpliendo lo ordenado por él; esto habla del corazón y de la mente del hombre, quien es capaz de reaccionar a tiempo, y que enmendando los errores cometidos a causa de la desobediencia a los mandatos de Dios, termina agradándole con hechos por encima de un “SI” vació de contenido y lleno de formalismos. La rebeldía del hombre en este caso fue vencida por el mismo Dios, cuando aquel que diciendo “NO”, termina haciendo la voluntad de quien era el sentido de su vida.

Por su parte la imagen del segundo hijo representa la escucha de la Palabra de Dios de manera superficial; el hijo dijo “SI” y no cumplió con el compromiso adquirido de palabra; dejando ver de esta forma, que los pactos acordados con Dios sin el respaldo de hechos concretos, no sirven de nada.

Aquí se evidencia un acto de desobediencia enorme, en donde por encima del valor de la palabra se termina haciendo lo contrario a ella.

A manera de síntesis podemos decir que la obediencia a Dios nace de la escucha de su Palabra y que el creyente en su intento de configurarse con Cristo debe: “escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra”, (Mt 12,50), esto sería obedecer al dulce silbo del buen pastor.

Hermanos y hermanas, a María Santísima nos encomendamos para que seamos obedientes a la voz amorosa de Dios que nos invita a ser sus testigos.

 

P. Ernesto León D. o.cc.ss

 

 

[1] BROWN, Raymond; FITZMYER, Joseph; MURPHY, Roland.  “Comentario bíblico de San Jerónimo”. Nuevo Testamento I. Tomo III. Ed Cristiandad. Madrid. 1972. P. 257.