Viernes, diciembre 02, 2016

HOMILÍA PARA EL 31 DE AGOSTO DE 2014

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
Jr 20,7-9; Sal 62; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27

Estimados hermanos y hermanas.

La segunda lectura de este domingo tomada de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos en el capítulo 12, sirvió de inspiración y fuente al Venerable Padre Julio María Matovelle, para hacer posible sus dos fundaciones de oblatos y oblatas hace 129 y 121 años respectivamente; este texto  encabeza las reglas oblatas y se ha convertido en el faro que ilumina la identidad carismática de nuestras Congregaciones y que en un momento difícil de la comunidad romana, San pablo los alentó así: “os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. (Rm12,1-2).

Este texto actualiza todo el enfoque cultual y ritual presente en el Antiguo testamento, en el cual los creyentes no eran protagonistas de las celebraciones, porque los tres elementos constitutivos de los ritos eran externos a ellos, nos referimos en primer lugar al sacerdote, luego a las ofrendas que se inmolaban y finalmente al altar.

El sacerdote procedía de una casta sacerdotal y era el encargado de ofrecer los dones a Yahvé en nombre de todo el pueblo; por otra parte, las ofrendas  tenían que ver con los primeros frutos de las cosechas, con pichones de palomas, y con becerros o corderos para el holocausto; y por esta misma vía, el altar era un ara, un elemento de piedra a la manera de un lugar destinado para tal fin.

De la forma antes descrita se celebraban los ritos ofrecidos a Dios por el pueblo, cargados de manera  considerable de solemnidad y simbolismo, contenidos éstos en el libro del Deuteronomio y del Levítico; en el caso del Nuevo Testamento, en contraposición a los sacrificios del culto judío o pagano, Jesucristo es la síntesis del culto y de la ley promulgados en tiempos de Moisés; es Jesucristo el sumo y eterno sacerdote, por quien todas las ofrendas tienen sentido; es Jesucristo clavado en la cruz, la ofrenda, la víctima agradable al Padre  y ahora presente de manera real en la Sagrada Eucaristía; es Jesucristo el altar purificado en donde al decir de Pablo, hemos de presentar nuestras ofrendas; en una sola expresión, Jesucristo es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar, por quien tienen sentido todas nuestras expresiones de fe.

Ahora bien; San Pablo en el texto que nos atañe, da un salto importante en lo que a la ofrenda o a la víctima se refiere; invitando hace dos mil años a la comunidad de Roma y ahora a nosotros a presentar nuestros cuerpos, nuestras vidas a Dios como una oblación sin defecto, como una hostia inmolada y santa a ese Dios que se ofreció por amor a la humanidad a través de su Hijo amado Jesucristo. Para San Pablo, igual que para Jesús no vale la pena ya, ofrendarle a Dios cosas, Él no necesita cosas, Él  nos necesita a nosotros; de nada sirve una ofrenda tal si no lleva implícito el corazón de aquel que dice ser su hijo; por lo tanto, nuestras vidas no obstante nuestros pecados se han de convertir en oblación perenne para Dios, nuestra existencia y no las cosas, ha de ser nuestro culto razonable.

El cristiano de este tiempo se debe convertir en una ofrenda permanente para Dios, lejos de desear convertirnos en dioses, hemos de desear convertirnos en ofrendas agradables ante su presencia; lejos de tratar a las personas como cosas o como esclavos, hemos de mirar en ellas la presencia de Jesucristo, quien nos convierte en oblaciones vivientes para el Padre celestial.

Hermanos y hermanas que no sucumbamos nunca en nuestro propósito de agradar a Dios, que sin temor y sin miedo a diferencia de la imagen de Pedro en el evangelio de hoy, carguemos la cruz de nuestra vida y caminemos tras las huellas de Jesús; que gastando nuestras vidas por el reino de los cielos aquí en la tierra, cosechemos en el futuro, la eternidad gozosa junto a Dios; y que acompañados por la presencia maternal del Inmaculado corazón de María, nuestro corazón como el de Matovelle se convierta en una hostia viva y agradable a Dios. Tal será nuestro culto espiritual.

P. Ernesto León D. o.cc.ss