Sábado, diciembre 10, 2016

HOMILÍA PARA EL 19 DE OCTUBRE DE 2014

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.
Isaías 45,1.4-6; Salmo 95; 1Tes 1,1-5b; Mt 22,15-21

La liturgia de la Palabra correspondiente al XXIX domingo del tiempo  ordinario, nos ofrece una hermosa reflexión en torno a la centralidad que ocupa Dios en la vida del mundo y del creyente; al sentido que le otorga Dios a la vida de sus hijos y por supuesto a la acogida de Dios en los corazones de quienes dicen amarlo.

Situados en la primera lectura tomada del profeta Isaías, encontramos el compromiso de fidelidad hecho por Dios a su pueblo cuando dice. “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi, no hay dios… No hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”. Este compromiso  nace del amor, está cimentado en el amor; y así como nosotros ocupamos el primer lugar en el corazón de Dios porque nos ama, Él quiere ocupar también el primer lugar en nuestro corazón; infortunadamente nuestra ceguera espiritual no nos permite contemplar el amor inmenso que Dios nos tiene y por esta razón los dioses creados por la sociedad  y por nuestras aprehensiones personales nos impulsan a desechar a Dios de nuestra vida, de nuestra mente y de nuestro corazón; obteniendo como resultado vidas vacías y corazones desorientados porque un día decidieron exiliar a Dios de su existir, desconociendo por completo el contenido del salmo 95: “Los  dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo… El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente”.

Cuando Dios en la primera lectura dice: “Yo soy su Dios”, no está deseando sino escuchar de nosotros: “nosotros somos tu pueblo y tu eres nuestro Dios”; pero para afirmar lo anterior se necesita amor y fidelidad, elementos sin los cuales Dios nunca ocupará el primer lugar en nuestra vida. Hermanos y hermanas nosotros somos para Dios su tesoro y nos tiene resguardados en su pecho; ojalá el Señor se convierta para nosotros en nuestro tesoro, cuyo trono, cuyo lugar de habitación sea nuestro corazón.

En la segunda lectura tomada de la 1ra carta a los Tesalonicenses, el Apóstol Pablo manifiesta que así como la fuerza de la predicación evangélica se debió a la fuerza del Espíritu Santo; sin lugar a dudas el sentido de nuestra vida, el horizonte de nuestra existencia, la fuerza en nuestro espíritu y el aguante de las vicisitudes que la vida nos ofrece, se deben sólo a Dios, porque sólo Él basta. Fue Dios quien sostuvo  la acción profética de su Hijo Jesús; fue con la fuerza de Dios como la predicación de Jesús dio fruto abundante en el corazón de sus oyentes; fue el Espíritu Santo quien impulsó a Jesús a hablar con autoridad y convicción, fue su Padre quien le mostró su voluntad, de anunciar a los cautivos la libertad, de gritar en medio de las plazas que el amor está vivo, de despertar del sueño de la incredulidad a los que duermen y de anunciar la gracia de Dios a todo el orbe de la tierra. Así actúa Dios con nosotros, porque también es nuestro Padre; en definitiva ¿qué sería de nuestra vida al margen de Aquél en quien somos, nos movemos y existimos?.

Finalmente, el Evangelio de San Mateo en el Cap 22, nos muestra a un Jesús ubicado en un ambiente hostil, estaba siendo acechado por los fariseos y los herodianos, quienes intentaban acabar con Él a causa de su predicación, una predicación llena de vida en medio de quienes el mismo Jesús llamó, sepulcros blanqueados, porque queriendo idolatrar la ley, olvidaron vivir el mandamiento del amor.  Jesús como profeta fue perseguido hasta el límite de perder su vida; Jesús no se acobardó ni siquiera ante la muerte, ni mucho menos ante los fariseos y los herodianos y por eso frente al intento de éstos por querer acusarlo, para tener la posibilidad de juzgarlo y matarlo le preguntan: ¿es lícito pagar impuesto al César? Y Jesús que “Sabía de su mal corazón”, les dice “hipócritas, ¿por qué me tentáis?” y después de un diálogo con éstos proclama “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”; es decir que mientras al César se le paga unos impuestos representados en unas monedas, a Dios hay que entregarle el corazón; Jesús fue el primero en darle su vida, su corazón a Dios y no monedas; a nosotros nos hace falta desprendernos de esas monedas que nos atan y nos empobrecen para ser capaces de ofrendarle nuestra vida a Dios.

Jesús conoce nuestro corazón y no lo podemos engañar, Jesús conoce nuestra vida y nuestros pensamientos, Jesús quiere que todos nosotros animados por la fuerza del Espíritu Santo pongamos a Dios en el centro de nuestros corazones, quiere que él dirija y guíe nuestro vacilante caminar; y quiere también que reconociendo a Dios Padre, como el Padre de la vida y el Padre del amor le ofrezcamos nuestras vidas como oblación de suave aroma, pues éste ha de ser nuestro culto espiritual.

Hermanos y hermanas, agradecidos con Dios por su Palabra, imploremos del Corazón Inmaculado de María, gracias y bendición para seguir anunciando por los caminos de la vida que sólo Dios causa felicidad plena en los hombres y mujeres que lo buscan con sincero corazón.

P. Ernesto León D. o.cc.ss